El domingo a la noche me enteré de toda esta desgracia, de la enfermedad de Javier y de su muerte.
No me animé a ir ni al velatorio ni al entierro. No hubiese resistido ver el inconmensurable dolor de ustedes, ni mirar a Javier. A mi edad y con el corazón algo emparchado, me permito este tipo de licencia. Además se positivamente que deben haber estado muy acompañados por gente mucho más cercana y necesaria que yo. Deseo, necesito manifestar como lo recuerdo a Javier. En principio, yo muchas veces lo llamaba "el gallego", por razones obvias, hasta apellido de sidra tenia, pero era uno de los tipos más porteños, citadino y noctámbulo que conocí. Con ese camperón de cuero, era una rara mezcla de Costa Gravas con Armando Bo, tal era el arco de expresión que tenía.
Pese a mis diferencias en aquel momento, siempre aprecié su capacidad de trabajo y creatividad literaria, y siempre me sorprendió, admiré y envidié su capacidad para sacarle lo mejor a cada situación, ese plus de tiempo y ganas para que no haya situación que no amerite una cerveza, un $%& o ir a por mujeres.
A tope, decía el gallego, con esa sonrisa canchera y esa parla prodigiosa.
Mi última imagen es de la fiesta de Les Luthiers, lo ví enamorado, más langa que nunca, con esa corbata sesentosa, un Rama auténtico.
Es todo muy injusto, pues a los 45 no se pueden ir los tipos como el gallego, se deben ir la caterva de turros que pululan tan cerca nuestro.
Queridos cuatro, el martes muchos fuimos Macocos ante esta desgracia. Hoy leí el ánimo que les infundía Javier para seguir. No se olviden de ese empujón nunca, yo por mi parte, lo recordaré en la espuma de la birra, el escenario de cualquier teatro, la mesa de cualquier café.